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04 Marzo 2019

A falta de logros, Macri elige la ficción

Por Julio Bárbaro
La vida me regaló el discurso de Juan D. Perón y el de Raúl Alfonsín. Y ahora… esto. Mauricio Macri, hablando ante el Congreso el pasado viernes, se conformó en convertir en gritos los odios de Jaime Durán Barba.

Si le sacan los odios, no queda nada. Desplegó un discurso kirchnerista: la realidad es como los cuadernos para los cristinistas, no la consideramos y mis palabras son más importantes que los hechos. Asumiendo su enfrentamiento con los resultados, Macri prefirió transitar la ficción. A pura ideología, siente que el camino elegido es el mejor y, si no funciona, la culpa es del pasado, de la inflación, de los demás.

Lo más triste es el kirchnerismo, funcional al Gobierno, con sus grotescos cartelitos propios de quienes no asumen la derrota y, en consecuencia, la agigantan. Queda claro que no pueden discutir su triste lugar de ladrones, apenas pueden tratar de carpetear y operar. Acorralados, los presos sueñan triunfos electorales. Demasiados asumimos que siguen siendo un riesgo más peligroso que el mismo Presidente de los gritos. Dicen que los persiguen, eso sí es tener imaginación. La imagen del peronismo queda manchada por esta gente que se abroquela en defensa de lo indefendible. Los Kirchner nunca quisieron ni a Perón ni al peronismo, por eso buscaron el apoyo de los restos de izquierda y de guerrilla, de marxismo al que ni siquiera leyeron.

Descendientes de la peor traición, la de Carlos Menem, pragmatismo provinciano que enriquecía funcionarios sin límite alguno. Macri lanzó la campaña, habló para los propios, provocó a los kirchneristas, sembró el asombro entre los ciudadanos que no entendían de qué país hablaba ni a quiénes se imaginaba que lo escuchaban. Utilizó el Congreso como una sala para festejar su cumpleaños, amontonó seguidores, aisló enemigos y desplegó una ficción que ni sus propios seguidores hubieran soñado. Festejó, invitó a festejar el hecho de gobernar, de poder utilizar los resortes del poder para las empresas y para los amigos.

Reiteró que el éxito está en el mañana, en un mañana que solo él puede administrar, como si intentara confirmarnos, como si fuera necesario asumir que ellos son o al menos pretenden ser la cara más digna de la decadencia.

Discurso atroz que no puede lucir ningún logro, ni la inflación, ni la pobreza ni mucho menos la deuda y el abrazo al Fondo Monetario. Eso sí, algunos seguidores de Cristina intentaban degradar a la Justicia y al hacerlo ayudaban a entender que todavía para la democracia, más allá del brutal fracaso, Macri sigue siendo mejor que la locura que solo sueña con la venganza.

El discurso ni siquiera envalentonó a sus seguidores, muestra que parasitan la memoria de Cristina y el miedo a esa demencia que no fue tan grave en lo económico mientras tuvo ribetes exagerados en el sueño de autoritarismo. Ellos fueron “Justicia legítima”, la ley de medios y los cuadernos.

Recuerdo haber debatido la ley de medios que impusieron como si nunca fueran a perder las elecciones, una ley que le asignaba al Gobierno un poder desmesurado y sin sentido. Apenas son un conjunto de ideas de viejas izquierdas derrotadas y superadas que dejaron al peronismo hace tiempo y se ocupan de asustar a la clase media, cosa de asegurar el triunfo del PRO.

El discurso de Macri está escrito y pronunciado con la pobreza espiritual y moral de conformarse con ser mejores que Cristina. De nosotros depende que logremos imponer un candidato que devuelva la esperanza y les haga morder a ambos la derrota, consecuencia de su pequeñez.

Somos muchos los que vamos asumiendo que de ellos dos ninguno es viable, ambos nos llevan a un nuevo estallido.