13 Mayo 2019

PASADOS

Por Julio Bárbaro
Una pléyade de valientes guerreros decidió enfrentar a las mafias responsables de un simple hecho pasional. Un libro alteró en exceso la estabilidad emocional de una sociedad que habiendo intentado huir de un gobierno hostil se encontró con una pobreza política que a muchos, demasiados, los arrastró a revisar sus  recuerdos.

Denostar al pasado sirve siempre y cuando el presente lo supere en virtudes y no en defectos y  los actuales extravíos alteran la razón a los memoriosos. Odiar no alcanza, además se necesita hacer. La teoría del mal menor nunca prometió eternidades.

Macri se enfrenta con el desafío de convertirse en el peor presidente de la etapa, solo los fanáticos siguen justificando todo en torno a superar la corrupción, mientras el resto asume la triste noticia que a veces los inútiles pueden ser más dañinos que los ladrones, o las ganancias financieras legales generen más miseria que los males que prometían combatir. Fanáticos, de esos sobran, jamás dudan, la rigidez de sus mentes se lo impiden. Único país del mundo donde los partidos no pueden ser compartidos por las hinchadas.

Tampoco las elecciones, no hay democracia entre enemigos, sociedad de patoteros, de barras bravas que viven de convocar enfrentamientos. ¿Hay democracia entre enemigos? Imposible. Queda la guerra, esa tragedia a la que marchan “con el corazón ligero”, como diría Don Emilio Hardoy en plena dictadura. De tanto negar al otro termino imaginando mi fortaleza y su debilidad, mis deseos se mezclan con la realidad y la dibujan a su antojo.

El gobierno pierde todas las elecciones convencido de ganar las nacionales, como si las provincias no alcanzaran como aviso de retorno al llano. Cambiar el jefe no se les ocurre o ni se animan, imaginan que con el odio al jefe de la hinchada contraria alcanza y sobra. Preanunciar la derrota se les ocurre traición, la realidad cuando no satisface sus deseos carece de vigencia. Asusta la negación, ese aceitado mecanismo que nos aparta de la realidad cuando no es de nuestro agrado. La ideología como sustituto del presente, llaman ascender al hundirnos y crecer al achicarnos. Las tarifas estaban bajas pero sin deudas, no paran de subir a la par de la deuda y la inflación y la fuga de los capitales que prometieron convocar.

Ni mienten, ignoran, imaginan, dañan prometiendo curar las heridas con el mismo instrumento que utilizaron para generarlas. Guerra de odios y de egos, de miedos y pusilánimes que ocultan todo, hasta los heridos y los caídos en esta confrontación de codicias y ambiciones. Cristina citó a Gelbard en su discurso, política que lejos estuvo de reivindicar en su gobierno.

En una entrevista televisiva en La Nación, Carlos Leyba, importante actor en esos tiempos, describió con lucidez una realidad que demasiados por ignorancia o intereses quisieron deformar. Sólido relato que utiliza de manera clara datos incontrastables que ni siquiera vienen de fuentes adictas.  Burguesía nacional, también estaba Rogelio Frigerio y Mario Hirsch, el conductor del grupo Bunge & Born, tiempos de empresarios productivos que soñaban una país que cobije sus energías. Y de políticos y sindicalistas acordes.

Luego fue la era de los parásitos, intermediarios, importadores, gente que lucra destruyendo industria y trabajo, que no se interesa por un proyecto productivo que nos saque de este permanente crecimiento de la pobreza.  No alcanza con la ética ni la moralina, mientras no tengamos un rumbo y un objetivo claro no mejorará nuestro futuro.

Cuando el presidente dice “este es el camino” pareciera señalarnos el abismo. Complicado salir de este dilema, de esta pinza de emociones que solo sueña con la destrucción del enemigo. Paz social o decadencia, y por ahora la paz está lejana.